No. 14 - 2009
   
 
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_________________________________________________________Poesía

Hasta que se te boten los ojos

La idea de mantener una columna en catarsis no es nada nueva. En las primeras reuniones de esta ¿nueva epoca? lo discutíamos pero todo quedaba en eso, a lo mucho llegábamos a miradas nerviosas, esperando ver quién se aventaba al ruedo. Ya más tarde llegaron quienes empezarían a nutrir esa sección, poniendo el ejemplo de una manera muy notable.

Por mi parte, nunca quise abandonar la idea. Pero al pensar en la temática el asunto se complicaba, me perdía en explicaciones y justificacione sin llegar a algo concreto. El reto me inspiraba pero no encontraba todavía el tema.

Fue el blog del buen Álvaro, y la frase de Julio “dejémonos de preciosismos” lo que me ayudó a concretar finalmente la idea. Eso y el pensar que si a escribir se aprende escribiendo ¿Qué mejor forma de hacer oficio sino justamente sosteniendo una columna? ¡Vaya metáfora!

Y fue la simpleza, la obviedad, lo que estuvo ahí en todo momento: Había que escribir una columna sobre libros. Y bueno, aquí estoy ahora con la primer entrega.

No pretendo hacer crítica literaria -eso es para los teóricos y académicos-, ni de hacer las recomendaciones del mes o la semana. No, no va por ahí el asunto. Me he propuesto, por el contrario, escribir sobre la experiencia particular de cada libro, esperando solamente que se vuelva una invitación a leerlo, no más; y ello sin importar si escribo de manera favorable o no del título en cuestión. Además, claro, de mi interés en hacer oficio en esto de escribir. No creo que sea necesario explicar más, confío que con cada entrega la idea se vaya explicando por sí misma.

Ya había decidido que escribiría una columna sobre libros, todo bien hasta ahí. Ahora había que resolver otro asunto ¿Con cuál libro empezar? Las opciones fueron muchas y cayeron en la obviedad: ¿El que más me ha gustado? ¿El que menos? ¿El que leí en una sentada? ¿El más significativo? -con todo lo que ese lugar común pueda implicar- ¿El primero que leí? El ejercicio resultó interesante, rebuscando en mis lecturas di con las más añejas, y de ahí salió el título, bueno, debo decir los títulos: La isla del tesoro de R. Louis Stevenson y La cabaña del tío Tom de (pausa para buscar al autor... corrijo, es autora) Harriet Beecher Stowe que ahora que lo veo, al menos en la edición que tuve en mis manos, su nombre aparecía como H. B. Stowe; así que nunca advertí en su momento que se trataba de una mujer.

¿Y qué de particular tienen esos libros? Simple, son libros que nunca terminé.

Quien haya nacido en los 70 quizá recuerde una colección llamada Las grandes novelas de aventuras, publicada a mediados de los 80, de editorial Bruguera, corrijo -de nuevo- era Orbis. La cual se vendía en puestos de revistas y tenía la particularidad de emplear fotogramas -si los había- de las historias en cuestión, en sus portadas. Fue mi papá quien me hizo llegar la mayoría de los libros de esa colección y  el primero era el de La isla del tesoro. En aquel entonces no tenia del todo arraigado el hábito de la lectura, pero sí la costumbre -que hasta ahora tengo- de leer, cuando la situación lo amerita, en maniático orden cronológico. Así que siguiendo esa lógica fue que La isla del tesoro fue el primer libro de la colección con el que empecé. El libro estuvo mucho tiempo -quizá años- en mis manos, sin nunca poder terminarlo, aunque sí reiniciando un sinfín de veces. Hasta no hace mucho, varios de los libros de esa colección permanecían con su envoltura de plástico original, además de la etiqueta con el precio, el cual desgraciadamente no recuerdo bien. Ya tiempo después dejé de lado esa manía, en lo que a esa colección se refiere, y los elegí de alguna otra manera.

¿Por qué nunca lo terminé? No sé. Pero sí recuerdo bien que casi siempre me quedaba varado en el mismo capítulo: Aquel donde Jim se esconde en el tonel de manzanas.

¿Cuánto tiempo solía requerirse para ir de de Guadalajara a Cd. Obregón, en camión, en 1990? Tiempo oficial: 18 horas. Tiempo real, después de una descompostura apenas unas dos horas después de salir de Guadalajara: Más de 24.

Para esos años ya los libros me acompañaban un poco más y ese viaje, para unas vacaciones decembrinas, El segundo libro de las tierras vírgenes de Rudyard Kipling fue mi compañía, de la misma colección de Orbis, por cierto. El libro que esperaba me durara las 2 semanas de estancia en aquella norteña ciudad prácticamente lo terminé en el trayecto, sólo habrán quedado unos cuantos cuentos para pasar las aburrídisimas horas en la oficina donde mi papá trabajaba en esas fechas. Pero bueno, no quiero confundir, no es el libro de Rudyard Kipling el que nunca terminé, sino el de La cabaña del tío Tom, el cual yo mismo escogí en una visita a lo que parecía ser la única librería de la ciudad. Debo mencionar que en ese entonces leía lo que había en casa, todavía no llegaba la época en la que me tocaba acercarme mis propias lecturas. Mi papá no desaprobó el libro, de hecho nunca lo hizo con alguno, pero sí mencionó algo así como: Ah, muy moralista ese libro. No podría asegurar si fue el comentario de mi papá o que quizá esperaba con ansia un Nintendo esa navidad, pero no creo haber leído más de 5 páginas. Ya no tengo este libro, pero estoy casi seguro que se trataba de una edición de Editores Mexicanos Unidos.

Me he preguntado si retomaré algún día, para terminarlos, esos libros. La verdad es que no lo sé, supondría que sí. Lo cierto es que no son los únicos libros inconclusos, ahora que lo pienso hay más en la lista, pero no los abordaré en esta ocasión; además, esa incómoda sensación de la aventura inconclusa me guiña el ojo. Es probable que me tope con ellos cuando menos me lo espere, quizá en algún viaje o, quizá también, cuando me toque acercarle las lecturas a alguien más.

¿Y el Nintendo? Nunca llegó, ésa también fue una aventura inconclusa.

Eduardo Santiago

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